jueves, 5 de diciembre de 2013

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CARTA AL NIÑO JESÚS



Carta al Niño Jesús


Querido Niño Dios:

¿Cómo están por allá arriba en el cielo?  Por aquí, tú sabes cómo estamos.  Creo que no hace falta contarte los desastres, las injusticias, la violencia y todas las tragedias que dejan su huella en este mundo que es tu mundo.

Además, Navidad no es ocasión de hacer lista de desgracias sino lista de ilusiones.

Por eso te escribo esta carta.  Como las que escribía la niña y como las que escriben los niños cuando no se ha ensombrecido su mirada.

Ya no pido juguetes.  Pero no creas que he dejado de ser pedigüeña.  Quiero pedirte muchas, muchísimas cosas.

Quiero pedirte una tregua a la violencia que desangra a nuestra patria y al mundo: tú puedes cambiar los corazones de los violentos para que no empuñen las armas de la muerte.

Y una tregua a la injusticia que nos está destruyendo: tú puedes cambiar los corazones de los hombres y las mujeres para que sientan como propias las necesidades de los hermanos.

También sería buenísima una tregua a la irresponsabilidad y a la inconciencia: tú puedes cambiar los corazones de los irresponsables para que caigan en cuenta de los disparates que cometen, del daño que se hacen ellos y le hacen a otros.

Otra cosa que quiero pedirte es una tregua a las caras largas: tú puedes cambiar los corazones de jóvenes y viejos para que puedan sonreír.

Por favor, tráenos en esta Navidad una tregua a la agresividad que hace insoportables las calles: tú puedes cambiar los corazones de los agresivos para que se acerquen unos a otros sin miedo, para que se respeten, para que se ayuden.

También nos está haciendo falta una tregua al silencio y las palabras duras en los hogares: tú puedes cambiar los corazones de los esposos, de los padres y de los hijos, para que descubran, los unos, lo que los otros quieren decir con su silencio, para que las palabras expresen el amor y la necesidad de amor.

No se te olvide una tregua a la intolerancia: tú puedes cambiar los corazones de los intolerantes para que sean capaces de comprender y perdonar y olvidar.

Y una tregua al egoísmo: tú puedes cambiar los corazones de los egoístas para que sean capaces de amar y de acercarse a la necesidad del amigo, del vecino, del familiar, del desconocido e incluso del que les cae mal.

No sobraría una tregua a la desesperanza y al escepticismo que nos están carcomiendo: tú puedes cambiar los corazones de los aplanchados y los pesimistas para que miren la vida con optimismo.

También te pido que pongas a los pies de las camas de los niños y en el árbol de Navidad de todos: sueños y esperanzas que podamos realizar; fe en nosotros mismos y en los que nos rodean; fe en la vida y, sobre todo, fe en ti; amor que construya la armonía en los hogares y la paz en nuestra patria; tu amor para poder amar.

Ese es, tal vez, el verdadero regalo de Navidad, el que nos hace seguir siendo niños a pesar de todos.

Con una caricia para tu alma.

Autor: Graciela Baquerizo

ADVIENTO: CAMINO Y PÓRTICO

Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic.net
Adviento: camino y pórtico
El pasar de los siglos no apagó la esperanza. El Señor cumple su promesa al mandarnos al Mesías.
 
Adviento: camino y pórtico
El Adviento es como un camino. Inicia en un momento del año, avanza por etapas progresivas, se dirige a una meta.

Llega la invitación a ponernos en marcha. ¿Quién invita? ¿Desde dónde iniciamos a caminar? ¿Hacia qué meta hemos de dirigir nuestros pasos?

La invitación llega desde muy lejos. La historia humana comenzó a partir de un acto de amor divino: “Hagamos al hombre”. El amor daba inicio a la vida.

Ese acto magnífico se vio turbado por la respuesta del hombre, por un pecado que significó una tragedia cósmica. Dios, a pesar de todo, no interrumpió su Amor apasionado y fiel. Prometió que vendría el Mesías.

La humanidad entera fue invitada a la espera. El Pueblo escogido, el Israel de Dios, recibió nuevos avisos, oteó que el Mesías llegaría en algún momento de la historia. El pasar de los siglos no apagó la esperanza. El Señor iba a cumplir, pronto, su promesa.

Esa invitación llega ahora a mi vida. También yo espero salir de mi pecado. También yo necesito sentir el Amor divino que me acompaña en la hora de la prueba. También yo escucho una voz profunda que me pide dejar el egoísmo para dedicarme a servir a mis hermanos.

¿Desde dónde comienzo este camino? Quizá desde la tibieza de un cristianismo apagado y pobre. Quizá desde odios profundos hacia quien me hizo daño. Quizá desde pasiones innobles que me llevan a caer continuamente en el pecado. Quizá desde la tristeza por ver tan poco amor y tantas promesas fracasadas.

La voz vuelve a llamar. En el desierto del mundo, en la soledad de la multitud urbana, en la calma de la noche invadida por los ruidos, en las risas de una fiesta sin sentido... La voz pide, suplica, espera que dé un primer paso, que abra el Evangelio, que escuche la voz de Juan el Bautista, que abandone injusticias y perezas, que mira hacia delante.

El Salvador llega. Juan lo anuncia. La voz que suena en el desierto llega hasta nosotros: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15-16).



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